La montaña / La montagna

El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en su butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
-¡Papá, papá! —llamó a punto de llorar. Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido. -¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña. (Enrique Anderson Imbert, El gato de Cheshire, 1965)
Il bambino cominciò ad arrampicarsi sul corpaccione del padre che stava insonnolito nella sua poltrona, nel bel mezzo della grande siesta, nel bel mezzo del grande patio. Quando lo avvertì, il padre, senza aprire gli occhi e sorridendo di nascosto, si indurì per offrire al gioco del bambino la solidità di una montagna. E il bambino cominciò a scalarlo: si appoggiava sugli speroni delle gambe, nel declivio del petto, sulle braccia, sulle spalle, immobili come rocce. Quando arrivò alla cima nevosa della testa, il bambino non vide nessuno.
– Papà, papà! -gridò sul punto di piangere. Un vento freddo soffiava là in alto, e il bambino, affondato, – Papà, papà!
Il bambino si mise a piangere, solo sulla desolata cima della montagna.

Tradotto da Laura Ferruta
 

Mi sombra / La mia ombra

No nos decimos ni una palabra pero sé que mi sombra se alegra tanto como yo cuando, por casualidad, nos encontramos en el parque. En esas tardes la veo siempre delante de mí, vestida de negro. Si camino, camina; si me detengo, se detiene. Yo también la imito. Si me parece que ha entrelazado las manos por la espalda, hago lo mismo. Supongo que a veces ladea la cabeza, me mira por encima del hombro y se sonríe con ternura al verme tan excesivo en dimensiones, tan coloreado y pictórico. Mientras paseamos por el parque la voy mimando, cuidando. Cuando calculo que ha de estar cansada doy unos pasos muy medidos – más allá, más acá, según- hasta que consigo llevarla a donde le conviene. Entonces me contorsiono en medio de la luz y busco una postura incómoda para que mi sombra, cómodamente, pueda sentarse en un banco. (Enrique Anderson Imbert, Cuentos en miniatura, 1976)
Non ci diciamo neanche una parola ma so che la mia ombra si rallegra quanto me quando per caso ci incontriamo nel parco. In quelle sere la vedo sempre davanti a me, vestita di nero. Se cammino, cammina; se mi fermo, si ferma. Anche io la imito. Se mi sembra che abbia intrecciato le mani dietro la schiena, faccio lo stesso. Suppongo che talvolta inclini la testa, mi guardi da sopra le spalle e sorrida con tenerezza nel vedermi tanto eccessivo nelle dimensioni, tanto colorato e pittorico. Mentre passeggiamo per il parco la coccolo, mi prendo cura di lei. Quando suppongo che debba essere stanca faccio dei passi molto misurati – più in là, più in qua, dipende – fin che riesco a portarla dove le va bene. Allora mi contorco in mezzo alla luce e cerco una posizione scomoda affinché la mia ombra possa sedersi comodamente su una panchina.

Tradotto da Laura Ferruta
 

Luna / Luna

Jacobo, el niño tonto, solía subirse a la azotea y espiar la vida de los vecinos. Esa noche de verano el farmacéutico y su señora estaban en el patio, bebiendo un refresco y comiendo una torta, cuando oyeron que el niño andaba por la azotea.
-¡Chist! -cuchicheó el farmacéutico a su mujer-. Ahí está otra vez el tonto. No mires. Debe de estar espiándonos. Le voy a dar una lección. Sígueme la conversación, como si nada…
Entonces, alzando la voz, dijo:
-Esta torta está sabrosísima. Tendrás que guardarla cuando entremos: no sea que alguien se la robe. -¡Cómo la van a robar! La puerta de la calle está cerrada con llave. Las ventanas, con las persianas apestilladas.
-Y… alguien podría bajar desde la azotea.
-Imposible. No hay escaleras; las paredes del patio son lisas…
-Bueno: te diré un secreto. En noches como ésta bastaría que una persona dijera tres veces “tarasá” para que, arrojándose de cabeza, se deslizase por la luz y llegase sano y salvo aquí, agarrase la torta y escalando los rayos de la luna se fuese tan contento. Pero vámonos, que ya es tarde y hay que dormir.
Se entraron dejando la torta sobre la mesa y se asomaron por una persiana del dormitorio para ver qué hacía el tonto. Lo que vieron fue que el tonto, después de repetir tres veces “tarasá”, se arrojó de cabeza al patio, se deslizó como por un suave tobogán de oro, agarró la torta y con la alegría de un salmón remontó aire arriba y desapareció entre las chimeneas de la azotea. (Enrique Anderson Imbert, El gato de Cheshire, 1965)
Jacobo, il ragazzo stupido, era solito salire sul tetto a spiare la vita dei vicini. Quella notte d’estate il farmacista e la sua signora erano nel patio a bere una bibita e a mangiare una torta, quando sentirono che il ragazzo camminava sul tetto.
– Sss! -sussurrò il farmacista a sua moglie. – Lo stupido è di nuovo qui. Non guardare. Ci deve stare spiando. Gli voglio dare una lezione. Tienimi dietro nella conversazione, come se nulla …
Poi, alzando la voce, disse:
– Questa torta è buonissima. Dovrai metterla via quando rientriamo: non vorrei che qualcuno se la rubasse. – Come fanno a rubarla! La porta sulla strada è chiusa a chiave. Le finestre hanno le persiane serrate.
– E … qualcuno potrebbe scendere dal tetto.
– Impossibile. Non c’è scala; le pareti del patio sono lisce …
– Bene! Ti dirò un segreto. In notti come questa basterebbe che una persona dicesse tre volte “tarasá” perché, lanciandosi di testa, scivolasse sulla luce e arrivasse qui sano e salvo, prendesse la torta e scalando i raggi della luna se ne andasse felice e contento. Ma dobbiamo andare, che è già tardi e bisogna dormire.
Andarono dentro lasciando la torta sulla tavola e si affacciarono a una finestra della camera da letto per vedere cosa facesse lo stupido. Quello che videro fu che lo stupido, dopo aver ripetuto tre volte “tarasá”, si lanciò di testa verso il patio, scivolò come su un morbido toboga d’oro, afferrò la torta e con l’allegria di un salmone risalì in alto nell’aria e scomparve tra i comignoli del tetto.

Tradotto da Laura Ferruta
 
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