El proyecto / Il progetto

El niño se inclinó sobre su proyecto escolar, una pequeña bola de arcilla que había modelado cuidadosamente. Encerrado en su habitación durante días, la sometió al calor, rodeándola de móviles luminarias, le aplicó descargas eléctricas, separó la materia sólida de la líquida, hizo llover sobre ella esporas sementíferas y la envolvió en una gasa verdemar de humedad. El niño, con orgullo de artífice, contempló a un mismo tiempo la perfección del conjunto y la armonía de cada uno de sus pormenores, las innumerables especies, los distintos frutos, la frescura de las frondas y la tibieza de los manglares, el oro y el viento, los corales y los truenos, los efímeros juegos de luz y sombra, la conjunción de sonidos, colores y aromas que aleteaban sobre la superficie de la bola de arcilla. Contra toda lógica, procesos azarosos comenzaron por escindir átomos imprevistos y el hálito de la vida, desbocado, se extendió desmesuradamente. Primero fue un prurito irregular, luego una llaga, después un manchón denso y repulsivo sobre los carpelos de tierra. El hormigueo de seres vivientes bullía como el torrente sanguíneo de un embrión, hedía como la secreción de una pústula que nadie consigue cerrar. Se multiplicaron la confusión y el ruido, y diminutas columnas de humo se elevaban desde su corteza. Todo era demasiado prolijo y sin sentido. Al niño le había llevado seis días crear aquel mundo y ahora, una vez más en este curso, se exponía al descrédito ante su Maestro y sus Compañeros. Y vio que esto no era bueno. Decidió entonces aplastarlo entre las manos, haciéndolo desaparecer con manifiesto desprecio en el vacío del cosmos: descansaría el séptimo día y comenzaría de nuevo. (Ángel Olgoso, La máquina de languidecer, 2009)
Il bambino si chinò sul suo progetto scolastico, una piccola sfera di argilla che aveva modellato con cura. Chiuso nella sua stanza da giorni, la sottopose al calore, le pose intorno apparecchi luminosi mobili, le applicò scariche elettriche, separò la materia solida da quella liquida, fece cadere su di essa spore sementifere e la avvolse in una garza di umidità color verde mare. Il bambino, con orgoglio di artefice, contemplò contemporaneamente la perfezione dell’insieme e l’armonia di ciascuno dei suoi particolari, le innumerevoli specie, i distinti frutti, la frescura delle fronde e la tiepidezza delle mangrovie, l’oro e il vento, i coralli e i tuoni, gli effimeri giochi di luce e di ombra, la congiunzione di suoni, colori e aromi che aleggiavano sopra la superficie della sfera di argilla. Contro ogni logica, processi rischiosi cominciarono a scindere atomi imprevisti e l’alito della vita, sfrenato, si propagò smisuratamente. Dapprima fu un prurito irregolare, poi una piaga, successivamente una macchia densa e ripugnante sopra gli ovari di terra. Il brulichio di esseri viventi ribolliva come il torrente sanguigno di un embrione, puzzava come la secrezione di una pustola che nessuno riesce a chiudere. Si moltiplicarono la confusione e il rumore, e piccole colonne di fumo si alzavano dalla sua crosta. Tutto era troppo prolisso e senza senso. Al bambino erano stati necessari sei giorni per creare quel mondo e ora, una volta di più in quel corso, si esponeva  al discredito di fronte al suo Maestro e ai suoi Compagni. E vide che non era cosa buona. Decise quindi di schiacciarlo tra le mani, facendolo sparire con manifesto disprezzo nel vuoto del cosmo: avrebbe riposato il settimo giorno e avrebbe ricominciato.

Tradotto da Laura Ferruta
 

narradora

 
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